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lunes, 22 de junio de 2026

Abraham.

 A mis muertos

Hay algo que nunca he sabido explicar correctamente.

Durante demasiados años hice daño a las personas que más amaba.

Desde los dieciséis años empecé a convertirme lentamente en alguien que ni siquiera yo mismo comprendía del todo.

Tomé decisiones que arrastraron dolor hacia quienes jamás merecieron cargar con mi destrucción.

Y durante mucho tiempo seguí cayendo.

Una caída lenta.

Interminable.

Más de media vida observando cómo me alejaba cada vez más de la versión de mí mismo que algún día podría haber sido.

Pero hoy, con cuarenta y ocho años, empiezo a entender algo que jamás vi mientras estaba dentro del abismo.

Todo este descenso era necesario. No porque estuviera destinado a destruirme.

Sino porque solo cayendo hasta ciertos lugares he podido empezar a comprender quién soy realmente.

Y ahora aparece un pensamiento que me atraviesa con violencia.

Ojalá estuvieran aquí.

Mi madre.

Mi padre.

Todos aquellos que tuvieron que soportar mi derrumbe durante años.

No para pedir perdón.

Eso sería demasiado pequeño.

Quisiera que pudieran verme ahora.

Pudieran entender que incluso toda esta destrucción tenía un propósito que yo todavía no alcanzaba a comprender.

Tuve que perderme completamente para comenzar a transmutar.

Tuve que convertirme en ruinas para empezar a construir algo verdadero.

Durante años fui causa de sufrimiento.

Hoy empiezo lentamente a convertirme en conciencia.

Y aunque el tiempo jamás devolverá ciertas cosas…me queda algo.

La posibilidad de dejar escrita mi verdad.

Para que algún día quede constancia de algo importante.

No fui solamente mis errores.

También fui el hombre que decidió mirarlos de frente hasta transformarlos.

Abraham

Existen fotografías que con el paso del tiempo dejan de ser simples recuerdos.

Se convierten en portales.

Puertas abiertas hacia lugares internos donde ciertas heridas jamás terminaron de cerrar.

Hoy sostengo una imagen aparentemente sencilla.

Dos niños.

Sonrisas limpias.

Inocencia intacta.

Un instante congelado donde el tiempo todavía no había decidido destruir nada.

A la izquierda, Alba.

A la derecha, Abraham.

Mi sobrino.

Cinco años de vida.

Cinco años bastaron para que el universo me enseñara una de las verdades más crueles que he conocido.

La fragilidad absoluta de todo lo que amamos.

Años después sigo regresando mentalmente al mismo día.

Repitiendo la misma pregunta una y otra vez como una condena privada que nunca termina.

¿Qué habría ocurrido si aquel día no hubiese ido a trabajar?

¿Qué habría pasado si simplemente me hubiese quedado en casa?

Quizás nada habría cambiado.

Quizás todo habría sido distinto.

Nunca lo sabré.

Pero mi mente eligió un castigo.

Convertirme lentamente en guardián de una culpa que no deja de respirar dentro de mí.

Abraham murió.

Pero hay algo extraño en ciertas pérdidas.

No desaparecen únicamente quienes se van.

También desaparecen partes de quienes permanecemos vivos.

Desde entonces una parte de mí jamás volvió a ser exactamente la misma.

Muchos años después empiezo a observar este dolor desde otro lugar.

No como una herida cerrada.

Porque nunca cerró.

Sino como una presencia permanente.

Carl Jung decía que aquello que no hacemos consciente termina gobernando nuestra vida disfrazado de destino.

Y quizás durante demasiados años no comprendí cuánto de mi propia autodestrucción estaba conectada con culpas invisibles que fui acumulando en silencio.

Tal vez nunca me estuve castigando solamente por mis errores.

Tal vez también llevaba demasiado tiempo castigándome por aquello que jamás estuvo realmente en mis manos.

Hoy miro esta fotografía.

Y no veo solamente a mi sobrino.

Veo un fragmento de mi propia alma detenido en el tiempo.

Quizás por eso sigo escribiendo.

Porque algunas personas no mueren del todo mientras alguien continúe recordándolas con suficiente intensidad.

Esta fotografía no es recuerdo.

Es eternidad.

Para Abraham. De tu Padrino.

Que sigue existiendo en cada rincón invisible de mi memoria.

— Antonio Gutiérrez Blanca

Mi vida, mi verdad.

Duende Errante.