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viernes, 12 de junio de 2026

El olvido consagrado de los fariseos .

 

 

Ínclito o Perínclito: una reflexión filosófica sobre el reconocimiento, la virtud y la memoria.

En el lenguaje existen palabras que parecen haber quedado suspendidas en el tiempo, términos que alguna vez tuvieron peso, solemnidad y profundidad, pero que hoy sobreviven casi como reliquias lingüísticas. Dos de ellas son ínclito y perínclito. Ambas evocan prestigio, admiración y excelencia, pero detrás de su aparente similitud se esconden matices interesantes que pueden abrir una reflexión filosófica más amplia sobre cómo entendemos la grandeza humana.

El significado de lo admirable

La palabra ínclito proviene del latín inclitus, que significa célebre, ilustre, famoso por sus méritos. Tradicionalmente se utilizaba para referirse a personas cuyo valor, virtud o hazañas las hacían dignas de admiración pública.

Por otro lado, perínclito, menos frecuente en el habla contemporánea, intensifica ese significado. El prefijo peri- añade una idea de superioridad o excelencia extraordinaria. Ser perínclito no es simplemente ser notable; implica alcanzar un grado excepcional de reconocimiento, casi una condición de eminencia singular.

Pero más allá de la etimología surge una pregunta profundamente filosófica:

¿Qué significa realmente ser digno de admiración?

La filosofía del reconocimiento

Desde la antigüedad, la filosofía ha intentado comprender por qué ciertos individuos son elevados por encima de otros en la conciencia colectiva.

Para Aristóteles, la excelencia humana (areté) no dependía de la fama, sino de la realización plena de las virtudes. Un hombre no era admirable porque otros lo reconocieran, sino porque había cultivado en sí mismo la mejor versión de su naturaleza.

Desde esta perspectiva, alguien ínclito sería aquel cuya virtud se hace visible.

Pero entonces aparece una tensión inevitable:

¿La grandeza existe en sí misma o necesita ser observada para existir?

La modernidad complejizó aún más esta cuestión.

Hegel y la necesidad de ser reconocido

El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel sostenía que la conciencia humana necesita reconocimiento externo para constituirse plenamente. No somos únicamente lo que creemos ser; también somos aquello que otros reconocen en nosotros.

Bajo esta mirada, ser ínclito implica un fenómeno social.

No basta con poseer virtudes interiores. Es necesario que una comunidad valide esas virtudes.

Aquí perínclito adquiere una dimensión más poderosa: representa no solo la excelencia, sino la excelencia reconocida universalmente.

Sin memoria colectiva, no existe gloria.

Nietzsche y la sospecha sobre la admiración

Sin embargo, no toda filosofía celebra esta necesidad de reconocimiento.

Friedrich Nietzsche desconfiaba profundamente de la admiración colectiva. Consideraba que muchas veces la sociedad exalta figuras no por verdadera grandeza, sino porque representan valores cómodos para la mayoría.

Entonces surge otra pregunta incómoda:

¿A quién llamamos admirable y por qué?

Tal vez lo ínclito no sea un atributo objetivo, sino una construcción cultural.

Lo que una época considera heroico, otra puede considerarlo banal o incluso cuestionable.

La paradoja contemporánea

Vivimos en una era donde la fama parece haberse democratizado.

Las redes sociales han alterado radicalmente la relación entre mérito y reconocimiento. Hoy una persona puede ser conocida por millones sin necesariamente encarnar virtud, sabiduría o excelencia.

Esto obliga a reconsiderar antiguas palabras como ínclito y perínclito.

Antes, la admiración solía estar asociada a logros trascendentes: grandes pensadores, artistas, científicos o líderes.

Hoy la visibilidad muchas veces reemplaza al mérito.

Ser visto se confunde con ser admirable.

Una última pregunta

Tal vez la diferencia más profunda entre ambas palabras no sea lingüística sino existencial.

Ínclito podría representar la aspiración humana a cultivar la excelencia interior.

Perínclito, en cambio, simbolizaría el deseo de que esa excelencia trascienda y quede inscrita en la historia.

Pero entonces queda abierta la cuestión fundamental:

¿Buscamos ser virtuosos o buscamos ser recordados?

Porque quizás toda vida humana oscila permanentemente entre esas dos aspiraciones.

No entre existir y desaparecer.

Sino entre vivir con autenticidad o perseguir la inmortalidad a través de la mirada de otros.

“Que tire la primera piedra…”

No se trata solamente de un acto físico, sino del impulso profundo que habita en el ser humano: juzgar al otro para sentirnos momentáneamente superiores.

Cada piedra lanzada lleva dentro una declaración silenciosa: yo no soy como tú.

Y quizás ahí nace una de las grandes contradicciones humanas, porque quien condena suele olvidar que también está hecho de grietas.

El juicio hacia los demás muchas veces no nace de la justicia, sino de la necesidad de esconder nuestras propias sombras.

Tal vez por eso la verdadera pregunta nunca fue quién merece ser castigado… sino quién puede afirmar honestamente que está libre de toda contradicción.

Vivimos señalando faltas ajenas mientras cargamos un inventario privado de errores que justificamos con facilidad.

Y entonces la piedra deja de ser un objeto. Se convierte en símbolo: ego, moral selectiva, fragilidad disfrazada de certeza.

Quizás la evolución del ser humano no comienza cuando aprende a juzgar el mal… sino cuando reconoce que también participa de él.

Villanueva del rosario-Málaga.  mis comienzo en la escalada. Zona: El Roao o Kaos.

 

El olvido consagrado de los fariseos

Existe una forma de olvido más peligrosa que la simple ignorancia: aquella que se reviste de virtud.

Los fariseos no olvidaban por falta de memoria; olvidaban por conveniencia. Habían consagrado el acto de recordar únicamente aquello que sostenía su autoridad, mientras enterraban todo aquello que los obligaba a mirarse con honestidad.

El problema nunca fue la ley, sino la extraña costumbre humana de convertir los principios en instrumentos de superioridad moral. 

Cuando la norma deja de ser un camino hacia la verdad y se transforma en un pedestal, nace una forma elegante de corrupción: creer que cumplir externamente equivale a estar interiormente limpio.

El fariseísmo no pertenece solamente al pasado. Sobrevive cada vez que el ser humano exige perfección ajena mientras negocia en silencio sus propias contradicciones.

El verdadero olvido de los fariseos fue este: olvidar que toda justicia que no comienza por uno mismo termina siendo apenas una máscara del ego.

Y quizás la tragedia eterna del hombre no sea cometer errores… sino convencerse de que su manera de equivocarse merece menos juicio que la de los demás.

Antonio Gutiérrez Blanca.