Hubo un tiempo en el que buscaba el duende fuera… en los escenarios, en la gente, en los momentos que parecían mágicos. Pensaba que aparecía solo, sin avisar, como un relámpago que te atraviesa y desaparece.
Pero con los años entendí algo distinto.
El duende también se construye.
Se construye en silencio, en los días largos, en las manos cansadas y en la madera que vas colocando sin darte cuenta de que, en realidad, te estás colocando a ti mismo. Este espacio que hoy levanto no es solo un estudio. Es una parte de mi historia hecha forma.
Cada tabla lleva algo mío.
Cada corte, cada tornillo, cada ajuste… tiene detrás un pensamiento, un recuerdo, una caída y una forma de volver a levantarme.
Aquí no solo quiero grabar música.
Aquí quiero que suene la verdad.
La verdad de un cante sin miedo.
La verdad de una guitarra que no necesita adornos.
La verdad de unas palmas que marcan el pulso de algo más grande que nosotros.
Este rincón nace desde la humildad, desde lo sencillo. Desde entender que no hace falta lujo cuando hay alma. Porque el flamenco nunca necesitó más que eso: verdad.
Quizás por eso lo llamé Duende Errante…
porque durante mucho tiempo yo también lo fui.
Errante en la vida, en mis decisiones, en mis batallas internas. Buscando un sitio donde quedarme, sin saber que ese sitio no estaba fuera… sino dentro.
Y hoy, mientras levanto estas paredes de madera, siento que por fin ese duende ha encontrado un lugar donde habitar.
No es perfecto.
No está terminado.
Pero es real.
Y eso… lo cambia todo.
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