Vivir un brote psicótico
Es extraño intentar poner en palabras algo que, precisamente, sucede cuando las palabras dejan de encajar con la realidad.
Estoy escribiendo esto desde un hospital.
Hace poco atravesé un brote psicótico. Decirlo así, tan directo, parece sencillo. Vivirlo no lo fue. Porque un brote psicótico no es simplemente “estar mal” o “sentirse confundido”. Es experimentar cómo la mente empieza a construir una realidad distinta, una realidad que en ese momento parece completamente cierta, aunque desde fuera no lo sea.
A veces pensamos que perder el contacto con la realidad es algo lejano, algo que les ocurre a otras personas, en películas o en historias clínicas.
Pero cuando sucede, no avisa con una alarma clara.
Empieza poco a poco.
Tal vez con insomnio.
Con pensamientos acelerados.
Con ansiedad que no desaparece.
Con la sensación de que todo tiene un significado oculto.
Con una sospecha constante.
Con miedo.
Hasta que llega un punto donde ya no sabes distinguir qué es real y qué no.
Y entonces tu propia mente, el lugar donde siempre has habitado, deja de sentirse segura.
Lo más duro no siempre es el brote en sí.
A veces lo más difícil viene después.
Despertar en un hospital.
Intentar reconstruir lo ocurrido.
Escuchar palabras médicas que te nombran algo que todavía no entiendes del todo.
Sentir vergüenza.
Sentir miedo por lo que pensarán los demás.
Preguntarte si volverás a ser la misma persona.
Pero aquí hay algo importante que estoy empezando a comprender:
La salud mental puede quebrarse igual que se quiebra cualquier otra parte del cuerpo.
Nadie juzga a alguien por necesitar atención médica cuando tiene una neumonía o una fractura.
Sin embargo, cuando la mente colapsa, todavía existe demasiado silencio, demasiada incomprensión y demasiado estigma.
Un brote psicótico no define quién eres.
Es una experiencia profundamente dura, sí.
Pero no resume tu identidad.
No borra tu historia.
No cancela tu futuro.
Hoy estoy en una cama de hospital intentando entender todo esto.
Probablemente necesite tiempo.
Probablemente haya miedo en el camino.
Pero también sé algo:
Sobrevivir a un momento donde tu propia mente deja de sostenerte requiere una fuerza que muchas veces ni siquiera sabías que tenías.
Hablar de salud mental no debería ser un acto de valentía extraordinaria.
Debería ser normal.
Porque detrás de cada diagnóstico hay una persona intentando volver a encontrarse consigo misma.
Y a veces sanar empieza así.
Nombrando lo que pasó.
Sin esconderlo.
Sin vergüenza.
24 horas mas...
Antonio Gutiérrez Blanca.

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